Lunes

Lunes
Por Priscila Vega

Llegó a mi departamento después de la media noche. Sabía que la puerta estaba abierta para que entrara sin avisar, yo lo esperaba entre sueños.

Dormía en mi cama con esa pijama azul y lunares blancos que él me compró días antes. Se acercó despacio y me rozó suavemente con la punta de la nariz haciendo círculos pequeños en mi hombro, jalando a mordidas mis aretes; me despertó con un beso juguetón en la oreja, sentí el cosquilleo de su barba en mi cuello. Lo jalé a la cama.

Alcancé a mirar la hora: 1:00 am.

Entrelazaba sus manos en mi cabello negro susurrándome que me quería; me miraba fijamente, lo miré de regreso perdida en sus ojos amarillos como la puesta de sol en mi playa favorita.
Lo besé como diciendo que lo quería más que a nadie, que sus visitas esporádicas me hacían la mujer más feliz. ¡Qué en secreto o en público yo era suya!

Me había quitado la ropa dejándome completamente desnuda, nos alumbraba la poca luz que se colaba por una ventana pequeña al final del pasillo.

1:30 am. Vislumbró mi desnudez.

Alzó los brazos para que yo le pudiera quitar la camisa roja, desabroché sus vaqueros; me temblaron las manos, se aceleraba mi respiración. Bajé las manos hacia su bóxer para despojarlo de ellos; estaba como me gustaba tenerlo, falto de mí, entregado a la oscuridad y al balanceo de mis caderas.

Posado en mi cama, mordía por aquí, estrujaba de lado, se aferraba a mi cintura, presionaba con su pecho el mío, me sacó suspiros cuando aprisionaba mi figura.

1:45 am. Clavó sus dientes en mi piel blanda y mojada.

Me tomó entre sus brazos, con fuerza me juntó a su cuerpo y tirando de mis cabellos me puso de espaldas a él. Solo me quedaba apretujar las sábanas y verlo de reojo cuando arañaba mi espalda y de vez en cuando me nalgueaba.

2:00 am. Urgía.

Se deslizó dentro de mí; sucumbí ante sus caricias, me quedé ida, dejé que me poseyera a su manera, que era la nuestra.

Los cánticos de cama, las voces que se escuchan en penumbras. Cientos de te quiero repartidos en gemidos cortos y largos, ruidos ásperos; con marcas en su espalda y en mis piernas negras de mulata, en mi cuerpo que era para él.

Dos, tres o cuatro am: Me hizo suya como siempre y como nunca.

Un par de manos rojas marcadas en mi senos, arqueada la cintura. Enroscada en la cama sentía donde mis piernas se unen a lo húmedo de él.

Se aferró a mí para dormir.

7 am. Desperté.

Miré un amanecer sin nadie a mi alrededor. Amanecí con un café frío en mi buró y una nota en mi espejo.

Sabemos mentir con verdades mejor que nadie.

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