Las cosas que quiero hacer contigo.

Las cosas que quiero hacer contigo.

Por Priscila Vega

Leí una lista de cosas que un alguien quería hacer con su alguien y pensé en lo que yo quiero hacer contigo.

Quisiera, primero, que me besaras como en un día de marzo, y te mintieras luego de no quererme y creértelo. La honestidad de diciembre: el no perder nada por el nada, porque no somos nada, y como detalle, los mensajes de junio, la última mirada de julio y una luna llena como la de siempre.

De vuelta ese domingo en el que amanecí sola y me asusté. Luego te vi entrar con mi desayuno. Mi café como me gusta y esas bermudas horribles ¡tíralas ya!

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Lunes

Lunes
Por Priscila Vega

Llegó a mi departamento después de la media noche. Sabía que la puerta estaba abierta para que entrara sin avisar, yo lo esperaba entre sueños.

Dormía en mi cama con esa pijama azul y lunares blancos que él me compró días antes. Se acercó despacio y me rozó suavemente con la punta de la nariz haciendo círculos pequeños en mi hombro, jalando a mordidas mis aretes; me despertó con un beso juguetón en la oreja, sentí el cosquilleo de su barba en mi cuello. Lo jalé a la cama.

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El adiós es opcional, quédate.

Sí, hay días en los que te extraño y me quedo dormida intentando igualar en mi casa el olor de tu café, tu loción o tu cigarro.

Aun te escucho caminando de madrugada, mi negro, ¿Sabes algo? Cuido de tus plantas como lo hacías tú, las riego cada tercer día para nunca verlas tristes –como contabas-. No es cierto, lo digo por que sé que eso te hubiera gustado, la verdad es que las dejé secar, vi una flor triste, las naranjas se volvieron amargas, las vi morir una a una sin hacer nada y los pájaros que decías eran tus amigos, pasan sin ver.

¿Qué crees? Me dejé crecer el cabello como tú sugeriste y te aseguro que he comido bien, aunque ya no juego basquetbol –no fui buena trabajando en equipo- dicen que por eso no soy tan alta. Te confieso algo: odio los deportes.

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Él.

Él.

Por Priscila Vega

Requebrada por dos luceros verdes, interminables, insaciables. Seducida por una rareza que no vi venir, los ojos verdes que vio, soñó e imaginó Bécquer en su leyenda; tampoco voy a poder describirlos tal cual son: bosquejos de una idea embelesada con su tonalidad que nunca es igual, verde asperula cuando lo beso de noche, turquesa cuando la luz le refleja, casi transparentes cuando me encapricho a decirle que lo quiero y gris verdoso al tiempo que despertamos juntos.

Enamorada de mentiras; de su voz que debajo de las sábanas sonaba como ronroneos, sutil a mis oídos cuando se va acercando poco a poco para besarme, su piel roza la mía, el borde de sus labios palpitantes, suaves al momento que se mueven para pronunciar mi nombre -mientras yo sólo balbuceo-. Los besos que me dio una noche, sangre caliente que exaltó un par de mis mañanas y robó mi anochecer.

Sus manos ásperas, como su marca personal, que no aseguraría fuera la única, aun prefiero acurrucarme sobre el contorno definido de sus brazos, la pláticade madrugada o las risas entre dientes; embustero, somático, le he visto a oscuras con la misma claridad que en un día soleado: si toco ilumino y conozco, si muerdo me aferro, si beso me pierdo para encontrarme en él.

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