Él.

Él.

Por Priscila Vega

Requebrada por dos luceros verdes, interminables, insaciables. Seducida por una rareza que no vi venir, los ojos verdes que vio, soñó e imaginó Bécquer en su leyenda; tampoco voy a poder describirlos tal cual son: bosquejos de una idea embelesada con su tonalidad que nunca es igual, verde asperula cuando lo beso de noche, turquesa cuando la luz le refleja, casi transparentes cuando me encapricho a decirle que lo quiero y gris verdoso al tiempo que despertamos juntos.

Enamorada de mentiras; de su voz que debajo de las sábanas sonaba como ronroneos, sutil a mis oídos cuando se va acercando poco a poco para besarme, su piel roza la mía, el borde de sus labios palpitantes, suaves al momento que se mueven para pronunciar mi nombre -mientras yo sólo balbuceo-. Los besos que me dio una noche, sangre caliente que exaltó un par de mis mañanas y robó mi anochecer.

Sus manos ásperas, como su marca personal, que no aseguraría fuera la única, aun prefiero acurrucarme sobre el contorno definido de sus brazos, la pláticade madrugada o las risas entre dientes; embustero, somático, le he visto a oscuras con la misma claridad que en un día soleado: si toco ilumino y conozco, si muerdo me aferro, si beso me pierdo para encontrarme en él.

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